
Había salido como cada mañana, desde hacía toda una vida, a cazar.
El día era plomizo, gris, lluvioso, como toda la semana, pero eso daba igual; él tenía que seguir con su rutina. No podía dejar de llevarla a cabo. Por más que lo intentó en otros tiempos, no podía. Era carne de cañón y seguiría siendo así.
Pero esa mañana había algo especial; algo que le tenía distraído, sumido en un mar de pensamientos.
Algo que había sucedido el día anterior. Algo con lo que no contaba.
Su última presa, no había sido eso, una presa sin más. Algo fue diferente. Hizo memoria y pensó en todas sus fechorías y cacerías.
Cazaba, disfrutaba y se alejaba. Hasta ahí todo sencillo. Egoísta, sí, pero sencillo.
Había vivido, amado y matado a hierro, y sin duda moriría a hierro también. El destino y el cielo nunca se habían equivocado.
Pero esta última conquista le estaba robando mucho más de lo normal su atención. Simplemente no dejaba de pensar en ella.
Había sido una noche especial: los dos refugiados de la lluvia, hechos un ovillo, el uno con el otro, rozándose, sintiéndose. Todo había sido diferente.
Quiso distraer su mente, ser el de siempre, pero no pudo.
Solo la visión de otro animal en la cuneta, tirado sin un solo hilo de vida le hizo volver en sí y darse cuenta de que lo que él creía música, no era más que la bocina de un camión que se le acercaba demasiado. Tan rápido que no pudo esquivarlo.
Y fue él quien, por bajar la guardia, también yació en la cuneta.
Pobre perro callejero y cazador, esta vez había sido cazado.
El día era plomizo, gris, lluvioso, como toda la semana, pero eso daba igual; él tenía que seguir con su rutina. No podía dejar de llevarla a cabo. Por más que lo intentó en otros tiempos, no podía. Era carne de cañón y seguiría siendo así.
Pero esa mañana había algo especial; algo que le tenía distraído, sumido en un mar de pensamientos.
Algo que había sucedido el día anterior. Algo con lo que no contaba.
Su última presa, no había sido eso, una presa sin más. Algo fue diferente. Hizo memoria y pensó en todas sus fechorías y cacerías.
Cazaba, disfrutaba y se alejaba. Hasta ahí todo sencillo. Egoísta, sí, pero sencillo.
Había vivido, amado y matado a hierro, y sin duda moriría a hierro también. El destino y el cielo nunca se habían equivocado.
Pero esta última conquista le estaba robando mucho más de lo normal su atención. Simplemente no dejaba de pensar en ella.
Había sido una noche especial: los dos refugiados de la lluvia, hechos un ovillo, el uno con el otro, rozándose, sintiéndose. Todo había sido diferente.
Quiso distraer su mente, ser el de siempre, pero no pudo.
Solo la visión de otro animal en la cuneta, tirado sin un solo hilo de vida le hizo volver en sí y darse cuenta de que lo que él creía música, no era más que la bocina de un camión que se le acercaba demasiado. Tan rápido que no pudo esquivarlo.
Y fue él quien, por bajar la guardia, también yació en la cuneta.
Pobre perro callejero y cazador, esta vez había sido cazado.
Pd. Gracias por tus consejos. Tu sabes bien quien eres.
2 comentarios:
gracias a tí por todo
mucha veces buscamos amor sin tener palabras , muchas veces una sonrisa nos enamora , somos aire somos poesia somos el mar que golpea ante nuestros ojos,,,y queremos estar ciegos
dejate querer dejate amar ya no hay nada que perder, por que tan solo es amar.. felicidades una vez mas por estar vivo
felicidades por tu creatividad,
no dejes de soñar MIGUEL
no-moda
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